Galas de Premios
Si te puedo hacer sufrir ha servido para algo. Al menos, para mí.
Esta noche ocurre la cuadragésima edición de Los Goyas. Una gala que auguro que como siempre traerá alguna polémica como el ex aquo del año pasado, pero que aún con todo dejará buen sabor de boca para la gente que desde noviembre, hemos apostado nuestras fichas en Los Domingos. No nos vamos a llevar el bote completo, pero tengo fe.
A su vez, en dos semanas tendremos la ceremonia de los Oscars que cerrará con estatuilla de oro la temporada de premios. Ya que entre medias hemos tenido muchas galas como los Bafta, los Grammy, los Emmys… hemos visto como películas se han ido alzando y cayendo. Contendientes amasando demasiados o pocos premios, pero ¿por qué lo seguimos religiosamente cada año? Si sabemos que en los premios audiovisuales siempre hay algo que no nos cuadra o que se dejan de lado muchas de las películas que no son parte del canon estadounidense, ¿Por qué estamos ahí en primera línea de fuego cuando se anuncian las nominaciones, o nos pasamos las mañanas despotricando sobre quien se lo merece?
La respuesta puede ser el tan manido FOMO. La necesidad de ser parte de la conversación y para la gente que ve tres películas al año por lo tanto quiere que K-POP Demon Hunters gane todo, seguramente lo sea, pero no, esto va de algo más. Por un lado es algo tan tradicional que es difícil no prestarle aunque sea unos minutos del día. Como cuando ocurre el mundial de fútbol o los Juegos Olímpicos. Que no te interese, o que no estés dentro no significa que no sea importante. Dividiría los motivos en dos:
Reconocimiento. Sí claro que de base parte de un ejercicio de ego cuando decidimos cuál es nuestra película favorita del año, por cual apostamos o directamente por la que no queremos que ni se lleve ni la nominación. La afirmación que lo nuestro es mejor o directamente que está aceptado de forma general es una respuesta muy humana. Aunque para mí, creo que lo más interesante del reconocimiento no es tanto decir, no sé, Stellan Skarsgard es uno de los mejores actores de su generación, como las estatuillas que irán a los departamentos más técnicos.
El año pasado Lol Crawley (Sí ese es su nombre) ganó el premio por mejor dirección de fotografía en El Brutalista. Algo para celebrar no solo porque a nivel técnico es una película exquisita, si no por como este tipo de cosas pueden marcar el rumbo de la industria. Más aún como estamos en una era que depende demasiado de tendencias tanto internas como dictadas por redes sociales. Ya que el problema actual no es si grabar en digital o en film, si no que en cualquiera de las doss, se sienta como una película, no como un anuncio caro.
La molestia de muchos con las excesivas nominaciones del año pasado de Wicked no son una rabieta contra los musicales. Son una queja lógica para una película que hacía lo mínimo de lo mínimo, de lo mínimo en todo y que se ha demostrado en su segunda parte cuando ha sido olvidada tanto por crítica como por público ya que no tenía la iconicidad de la primera parte del musical. De hecho es más fácil defender el espacio que ocupaba Emilia Pérez que Wicked porque aunque partía de donde partía al menos era algo distinto. Un poco como la situación de Sirat, que aunque no esté de acuerdo con nada de lo que hacen o ganen, hasta cierto punto entiendo porque tienen los espacios que tienen en base a cómo funcionan las galas.
Esto hila muy bien con el segundo motivo: definir el año. Creo que es sin duda lo más interesante que nos trae esta época. No solo crea conversación o debate, también nos deja ver pasado el tiempo, que definía ese año en específico. Volviendo a los Goya. No las he visto todas, pero sí que he visto al menos las principales contendientes a película del año. Quitando La Cena que me pareció abismalmente inofensiva, el resto de nominadas están bien, pero por más que me gustó Sorda, no creo que sea la película que defina el cine español de 2025. El choque de Los Domingos y Sirat es bastante lógico.
Por un lado tenemos el trabajo de Azúa con una intención clara de removernos de cabeza a los pies como espectadores sobre las decisiones tan extremas que está tomando una chiquilla que todavía no ha empezado ni a vivir. Es un trabajo de drama familiar excelente, porque maneja muy bien ese momento de ir creciendo en el que te das cuenta, no solo de lo complicado que resulta todo, si no también de lo extraño que resulta el núcleo familiar. Desidealizar y comprender que la palabra que define a tu padre o tía no son solo esas. Además es una película que señala algo que parece que es hasta tabú hablar en la sociedad de nuestro país. En pleno siglo XXI, España no es un país laico (También te digo, ¿Cuál lo es?). La situación que dibuja esta producción no resulta imposible. No necesito hacer un ejercicio de abstracción de la realidad, porque claro que va a pasar. Es un film de aquí y de ahora.
Voy a intentar ser lo más amable con la obra de don Oliver Laxe Coro. Esta es sin duda, una película alejada de los cánones clásicos del cine español. De primeras porque nos saca de nuestro país para hacer un viaje tanto a una cultura que el público medio quizás no conoce, como un desierto que entendemos más como un espacio para veranear, que una realidad. Sirat nos quiere sacar de nuestra zona de confort. Más en común con películas como Sorcerer de William Friedkin que con por ejemplo As Bestas de Sorogoyen. De base el salto que propone el film de la productora de Almodovar es algo positivo, o debería serlo. Como lo fue en su día La Sociedad de la Nieve y la promesa de que el cine español podía ser colosal. Todo esto está muy bien hasta que te sientas a verla y ves lo que es.
Intentar discutir si el arte tiene un componente político de base es estúpido cuando es algo que se responde solo, más aún cuando Sirat está por en medio. El ruido que ha generado y el reconocimiento que está teniendo es sintomático. Porque esta es una política. Sirat es una obra autoral, estamos ante la mente de Oliver Laxe y de su posicionamiento tanto de el Sahara Occidental como de todo.
En un momento en que muchos directores no quieren pronunciarse sobre diferentes conflictos e intentan esconder el bulto o pasarse la pelota, él se pronuncia. Lo hace de la única manera en la que se permite: siendo un personaje público que al final no tiene profundidad alguna. Su persona es una especie de enfant terrible que lame la mano que le da de comer en todo momento. Suelta burradas, pero ninguna es relevante. En cierta medida es como la noticia de los Therian eclipsando la nefasta reforma laboral de Milei o la información de los archivos de Epstein.
Con toda esta chapa quiero llegar a que si Sirat llegase arrasar, no sería raro, pero sería bastante triste. Porque estamos en una época muy extraña, un premio es solo un premio y a la vez no lo es. Las posibilidades de que esto pueda ser no solo el futuro del cine español, sino del cine de autor es… peliagudo. Es cierto que también es una conclusión un tanto alarmista de mi parte, pero es complicado no tenerla en la era de la sobre información, ¿no?
Supongo que por eso estamos pendientes de lo que puede pasar en noches como esta. No hay pretensiones, pero internamente están ahí. O igual la cinefilia es una enfermedad que todavía no está datada como tal. No sé, voy a fumarme un cigarro y a loggear este texto.


